Por siempre joven y con entrada al Calderón

Hace frío ahí fuera, casi tanto como en el alma, que se ha congelado en segundos por otra clase de invierno. En el altavoz conectado al móvil suenan la voz y el piano de Norah Jones en una versión majestuosa de ‘Forever Young’, la canción que Dylan bien pudo haber escrito mirando a los ojos traviesos de Quini.

          “Que tu corazón siempre esté alegre,
            que siempre se cante tu canción
            y permanezcas por siempre joven…”

 Canta Norah Jones y la memoria se remonta cuarenta años atrás, anocheciendo en el vestíbulo del hotel Don Quijote, en la Universitaria de Madrid, donde El Brujo hurgaba en los bolsillos de su pantalón de chándal de lycra, sacaba un par de billetes arrugados de cien pesetas y algo de calderilla, y se disculpaba ante cinco estudiantes novatos en busca de entradas de gorra para un partido de Copa ante el Atlético.

-¿Cuántos sois? A ver si tengo pa todos.

En 1976, mucho antes de que el fútbol moderno consiguiera aislar a sus ídolos en una campana de cristal, para que puedan pedir hora de tatuaje y peluquería, al ‘Pichichi’ de la Liga española te lo llamaban por megafonía a recepción, tú te presentabas como hincha del Sporting y le preguntabas si no tendría una entrada para el Calderón, o bueno, cinco. Si tras recurrir a Pepe Ortiz él solo había conseguido dos era cuando se llevaba la mano al bolsillo, instintivamente, con la naturalidad de quien va a repartir una paga a los sobrinos y de paso les previene sobre el futuro, “porque a esti Sinibaldi paez que-i tocó el carné en una chocolatina de tómbola”.
 
La pregunta “¿No tendrás una entrada pal Calderón?” resume en seis palabras dos grandes caudales: la generosidad de Enrique Castro y la coña de Quini, ambas insuperables. Era su muletilla de saludo a Nacho Braña, compañero de cabina en sus tiempos de comentarista de radio. Pregunta retórica cada vez que ambos se veían, desde aquel año en que el Brujo llegó antes que su compañero narrador a la puerta de prensa del Manzanares, pidió el sobre de Radio Nacional, lo abrió, vio que tenía dos pases, se quedó con uno y le alegró la pestaña a un conocido regalándole el otro. Llegó Braña minutos más tarde al Calderón, pero cuando alcanzó la cabina de transmisiones casi había empezado el partido. En la emisora de RNE en Gijón, Mario García, técnico de sonido, bramaba unas jaculatorias al borde del soponcio, todo el tiempo que el enviado especial al Atlético de Madrid-Sporting empleó en arreglárselas para entrar al estadio con su garganta impoluta, su verbo fluido, su maletín de transmisiones… y sin su acreditación.

La memoria rebosa escenas impagables con Quini siguiendo al Sporting desde los palomares de los estadios, como aquella trompeta de Rudy Ventura arrancándose con el ‘Asturias, Patria Querida’, cantado por el Brujo a voz en cuello en la cabina del Camp Nou. Una colección entera de recuerdos del personaje  que, siendo formidables, algunos antológicos, deberían difuminarse frente al legado enorme del futbolista, que se ha ido de pronto sin contarnos cómo aprendió a rematar de cabeza en Llaranes siendo casi un crío. Dirigiendo el balón con un giro de cuello y con los ojos bien abiertos, como a nadie nunca vimos cabecear.

Le oímos empezar a explicar algo de eso hace años en televisión, comentando un partido de Champions. O tal vez fuera algo de aquel paso atrás suyo en el área pequeña para recibir del extremo en boca de gol, cuando a los pocos segundos le interrumpían con un apunte del estilo de “menganito la pegó con zurdita y le está pudiendo la ansiedad”. Era uno de esos comentaristas enciclopédicos, capaces de conferenciar durante una hora sobre el doble pivote titular del filial del Trabzonspor. Saltaron las tuercas de los televisores aquella noche de Champions, de resultas de una pavorosa erupción de fútbol moderno.
 
No creo que a Quini le gustara una despedida a base de reposiciones de sus tragedias e infortunios. Por no sé qué extraña razón, en medio del estupor y la pena se han llenado páginas, escaletas y minutados con reportajes antiguos o fotos del presidente Núñez sollozando. Con secuestros y lesiones y enfermedades… y sin apenas goles. Apuesto a que su despedida predilecta sería un largo encadenado de goles empezando por la volea de Vallecas en bucle de media hora. En lugar de Norah Jones, él habría elegido de fondo a Pipo Prendes, seguro. Y tampoco estaría muy de acuerdo con que el campo más viejo de España dejara de llamarse El Molinón, después de más de un siglo. El Anfield de Liverpool no perdió el nombre cuando a finales del año pasado bautizaron la tribuna centenaria con el nombre de Kenny Dalglish, allí donde las grandes leyendas casi siempre reciben sus homenajes en vida.
 
 

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Buenos recuerdos, entre consulta y consulta de trauma

Un don que no tiene Nacho Cases es el de la oportunidad. Más allá de cuando eligió París para desconectar en familia el mismo fin de semana que unos fanáticos para asesinar infieles, se encamina el gijonés hacia la treintena -edad fronteriza por tradición, de fuente impacto sicológico- y su carrera discurre apacible y hogareña, sí, pero bajo amenaza permanente de un adverso ecosistema.

Y eso que desde su llegada al primer equipo del Sporting (tardía, como en tantas otras canteras donde se trabaja mucho el cartón piedra) gobernó el mundo España con una orquesta de violinistas pequeños y talentosos. Ganó la Selección un mundial, dos eurocopas y la admiración de entrenadores foráneos; todo el espectro de técnicos y estrategas menos el ala más irreductible del mourinhismo. Allá afuera predicaba Joachim Low el evangelio según Luis Aragonés (y acabaría subiéndose él mismo con Alemania a lo más alto del pódium) mientras aquí en casa abrazaban algunos el austero calvinismo cholista como la nueva religión dominante, y otros se declaraban hinchas acérrimos de Portugal.

¿A qué jugaba el Sporting, entre tanto? A lo que tantos otros equipos con entrenadores -españoles o importados- que más allá de los éxitos de la Roja (el tiqui-taca y aquellas pamplinas) vieron siempre en Xavi Hernández, Iniesta o Silva a extraterrestres, como sacados de una fantasía de Spielberg. Venidos de algún planeta lejano y avanzado, gobernado ya por la inteligencia artificial.

Así pasan los años y las temporadas de competición, con tantos jugadores de frágil apariencia, nacidos para manejar el balón con propiedad, pero que están llamados sobre todo a correr, o bien a parapetarse en torno al círculo central para unas maniobras de combate con mochila de campaña y frente a pivotes feroces y musculosos, con apariencia de armarios de Ikea. El dichoso balón ese que a tantos mariscales de campo estorba no acaba de circular por el pasto, como pedía antes Di Stéfano invocando el ciclo vacuno, sino que lo sobrevuela mayormente, igual que un dron programado entre áreas o cualquier otro trasto espacial en órbita. Lo que toda la vida se llamó patadón y tira palante, vamos, hasta que los juglares del modernismo narrativo empezaron a echarle azuquítar al vocerío y a gritarnos el rollo ese del juego directo; a graznar despejes orientados y a rebautizar los antiguos rechaces como segundas jugadas. Una piadosa manera de llamar a ese fútbol que hasta en Italia empiezan a no jugar, pues algún día había que decidirse a salir de la trinchera o del Cuaternario, leerse de un tirón la autobiografía de Cruyff y hacer luego un comentario de texto.

Cuando Nacho Cases se retire del fútbol tal vez tenga una depresión, como aquella de Grace Kelly al final de Crimen Perfecto. Igual acepta también el trago de whisky mientras cuenta los kilómetros que habrá corrido persiguiendo centrocampistas rivales, que siempre eran superiores en número, como los japoneses en Guadalcanal. También podrá resumir que los grandes momentos de su carrera se condensan en tres capítulos igual de memorables. Estará aquella segunda vuelta en Primera con Preciado (que es la madre de todas las remontadas del sportinguismo, ex aequo con la de Ciriaco hacia la UEFA), y estarán los emocionantes números de magia y fantasía de la más reciente era del Abelardismo, que se hizo epopeya ascendiendo y quedándose, y acabó un verano en alarma de catástrofe por implosión.

Aún queda tiempo para algún otro apéndice que saque la memoria a flote entre ese poso de frustración discreta que los buenos peloteros del centro del campo sienten, cada vez que el balón les sobrevuela a patadones entre el portero propio y los defensas rivales, y viceversa. Acaba el partido y corres a la consulta de trauma y te mandan a rayos a hacerte una placa de cervicales, que tienes una contractura de tanto mirar balón.

 

 

Del libro ‘Nacho Cases, la identidad en rojo y blanco’
Mayo de 2017

Nico y la Velvet Underground

Veinte años tardó Julio Salinas en contar los pormenores de su marcha al Japón. El estupor que sintió cuando, al dar cuenta rutinaria de una oferta recibida del mismo diantre, la alta jerarquía de Mareo le respondió tendiéndole un puente de plata, con parabienes y palmadas en la espalda. Benito Floro fue el primer amor del primero de los Fernández, y Luna era el recambio perfecto de Salinas a ojos del entrenador. Y que Santa Lucía les conservara la vista.

Singulares acontecimientos de origen paranormal se suceden en la era de Fernández y Fernández. El reinado empezó entablando aquella preciosa
rivalidad local entre Salinas y Lediakhov en el exilio dorado de Yokohama (aquí estorbaban), y acaba de vivir uno de esos balances de gestión con distintivo de calidad. En pocos años se estudiará en las escuelas de negocios con el título “Encuentre por casualidad un proyecto de futuro y arruínelo en tres semanas”.

Eso ocurrió el pasado verano, inmediatamente después de una tarde de manteo y euforia a la vera del Piles (como cuando sacaron a Montes a hombros, con Toshack esperando a que le sonara el teléfono). Aunque la cumbre de la inspiración tardaría unos meses más, ya en pleno despegue hacia el crecimiento sostenido. A finales de enero, el principal artífice de la muy aplaudida reconversión de plantilla respondió a las señales de alarma en la clasificación con un fichaje top (2,03 de altura). Un delantero grande, en efecto, que lo mismo podía desenvolverse de ala pívot en los partidos y emplearse por semana en aparcar mal el coche. Venía en un pack de oferta con otro misterioso hallazgo en formato más pequeño, como las colonias por San Valentín. Como el 2 por 1 de Al Pelayo.

El Sporting SAD, igual da el Fernández que tenga al pescante, es como un vals decadente sonando en bucle sobre una proyección de imágenes fijas de ayer y hoy. Entre Floro y Sandoval, entre Poyatos y López Garai, entre Diego Castro y Di Stéfano, entre Amado y protegido, entre la Velvet Underground y Nico hay indicios de que a esta propiedad, que gestiona un crecimiento sostenido a base de descensos a Segunda, le vendría de cine una empresa de selección de personal.

Hay un agente del Mossad en mi fabada

Hay que abrazarse al sectarismo para sentirse alentado a denunciar la opresión de según qué Estados genocidas haya en el mundo, dependiendo de si los que oprimen son de los nuestros o no. Y más aún para alinearse con los de la trinchera de enfrente, los que se pasan la vida reservándose el derecho estatutario a repartir licencias de condenar.

No tuvo mucho seguimiento la convocatoria de los colectivos pro Palestina contra la estancia de la selección israelí de fútbol en Gijón, y eso que el despliegue policial y de seguridad en torno al partido de El Molinón llevaba a temer por la presunta activación de alguna célula durmiente de fedayines de Septiembre Negro, reorganizados en pisos francos en Contrueces o en el alto Pumarín. Protestar, no protestaron ni los parroquianos de la apacible Quintueles, tras días bajo vigilancia y zumbido de rotor del helicóptero de la Guardia Civil; con la rutina alterada y cruzando apuestas sobre si los forasteros esos que entraron a probar la majestuosa fabada de casa Nicasia serían espías de Chicote o agentes del Mossad.

Y eso que en los medios de comunicación -¡ah, los medios de comunicación!- con sus inefables jefaturas de edición urdiendo en las redacciones centrales, se difundió la imagen de Gijón y su asilvestrado Ayuntamiento como epicentro de una próxima intifada, no me acuerdo del número. En La Sexta salió antes del partido en riguroso directo un reportero mostrando los parterres de la plaza del Parchís como inspirado por una crónica vía satélite de Pérez Reverte desde el cerco de Sarajevo.

La calma restablecida se mezcla hoy con el inconfundible aroma de la revancha, cuando una tropa de entusiastas pro judíos -que Israel guardaba al parecer en Gijón desde el Sefarad- alimentada por sermoneadores de regional preferente se emplea a fondo atizando a los promotores de la tarjeta roja a la política israelí, como si en España no hubiera una Constitución en vigor que ampara la libertad de expresión de los españoles y su derecho a manifestarse pacíficamente en las calles. O en eso habíamos quedado.

Detesto las campañas de denuncia selectivas. A los comités solidarios con la causa árabe les cambio su tarjeta roja a Israel por una que guardo para cuando coincida con alguna estancia en Marbella de la realeza saudí, el Estado más opresor y filoterrorista del planeta, al dictado de eso que toda la vida se comprometió la izquierda a desligar de la política y la vida pública, que era la religión.

Y detesto más si cabe a los repartidores de licencias de condenar, vendedores del odio al diferente, capaces de predicar y hasta de creerse que una ciudad se desacredita y pierde prestigio ante el mundo civilizado porque unos cientos de personas se manifiesten en la calle contra un regimen político aficionado a ciscarse en las resoluciones de Naciones Unidas desde el mismo año de su fundación.

También decían que se desacreditaba Olof Palme, y que era un gilipollas por salir con la hucha a la calle, a pedir por la democracia.

Sé lo que hicisteis…

Muy bien, el periodismo está en crisis y la información deportiva apesta. Aunque para formular una sonora queja al respecto hay ámbitos más apropiados que la sala de prensa del estadio, donde la pedrada se la lleva además el currito, el blanco fácil, el soldado raso. Con los mariscales del tinglado mediático, los que han convertido los foros de la actualidad en un circo de chismosos, legos y bufanderos, hay colegueo, risas, abrazotes y buen rollito. O no hay lo que tiene que haber para empeñarse en el cuerpo a cuerpo contra los impresentables. Contra los grandes.
Con aterciopeladas maneras y un punto de complicidad bendijo la prensa deportiva gijonesa, el pasado verano, un capítulo tan infausto de la historia del Sporting como meritorios habían sido los inmediatos anteriores, traducidos éstos en un ascenso a Primera División y una permanencia logrados en condiciones de dificultad extrema. El pago por esas dos hazañas fue el desmantelamiento de la plantilla de jugadores que las había hecho posibles; la destrucción de un proyecto de futuro, de una idea de club, de una ilusión colectiva, mediante un compendio de caprichos y errores de gestión, ingratitudes, desmedidos egos e incompetencia manifiesta.
No debería haber mucha queja de los periodistas que entonces se limitaron a dejar constancia del estropicio con asepsia -o, como el grueso de la afición, lo jalearon con complicidad- y que unos meses después, despertados todos del sueño del abelardismo con una pesadilla, todavía no le han puesto título a la película.
‘Sé lo que hicisteis el último verano’.

 

Facebook. Noviembre de 2016.

El capataz de los Terrill se parece a Pedro León

Si el fútbol nos siguiera gustando más que su propio envoltorio, el gol de Sergio Álvarez estaría aún en órbita sobre la Tierra viajando en algún satélite de telecomunicaciones, con George Clooney vestido de astronauta. Además de una metáfora, ese empalme de alta escuela con carambola a tres bandas (madera-hierba-red) en la portería del Piles era el final soñado de Abelardismo II, que como algunos críticos pronosticaron acabaría superando en popularidad a la primera, en la línea de Toy Story o El Padrino. En las portadas para la Historia sale el Pitu manteado en El Molinón, por dos razones de peso: porque tenemos una nómina de fotoperiodistas con categoría de Champions League y porque la nómina de editores tiende a satisfacer el nuevo epicureísmo balompédico de las hinchadas, a las que ya no llena tanto la contemplación de un gol de bandera y peana como el indescriptible placer de buscar luego una farola para subirse a celebrarlo.

No nos gusta el fútbol tanto como la guerra, a la que el fútbol da continuidad por otros medios, según habíamos quedado. Cuando Cuéllar inició la cuenta atrás de la temporada proclamando que “somos como William Wallace, poquitos contra muchos”, al tupé del Pichu lo iluminaba ese aura de epopeya friki que tanta inspiración brinda en la sala de montaje de Los Manolos, donde un video de fútbol se edita intercalando los mejores momentos de Mel Gibson y los de Arbeloa, y pegándole la banda sonora de Piratas del Caribe para emocionar más. Hay como una épica guerrera por la que todos los finales de temporada te convocan a la lucha (batalla sin cesar, etcétera) entre banderas como sábanas, bufandas y blasones; con llamadas a la gloria, emociones al peso y frases prestadas de Paulo Coelho.

Nada de William Wallace ni de Bravehart, ni eso tan socorrido de sacar a pasear a Leónidas y sus 300, que al fin y al cabo palmaron en casa en la prórroga por querer aguantar un cerrojo en inferioridad. Si Tino Pertierra escribió hace un año que el Sporting de Abelardo era un equipo de película que pedía a gritos una de Spielberg, esta segunda temporada bien podría inspirarse en Hermanos de Sangre. Por si queríais guerra.

La compañía Easy de la 101ª Aerotransportada aguanta el cerco en Bastogne y cava trincheras en el bosque nevado, ante un enemigo bien pertrechado y muy superior en número. Mal equipados, sin abrigo y escasos de munición, los paracaidistas soportan un asedio combinado de Messis, Cristianos y Neymares acorazados, y hasta una sección entera de Orellanas jugando entre líneas. Se repliegan los sitiados bajo un intenso fuego enemigo y cuando recuperan la posición, alguien informa de que Clos Gómez se ha cagado en su pozo de tirador. El mayor Richard Winters, al mando del Segundo Batallón de la legendaria 101ª, no era ni la mitad de intrépido que el comandante Abelardo Fernández, quien los viernes solía reunir al ‘pool’ de corresponsales para anunciar al mundo que su escuálida tropilla de reclutas y tiernos reemplazos sin experiencia en combate, sin munición ni víveres, sin refuerzos y con el alto mando esclerotizado por un temporal de fondo (de inversión)… hacía frente a una ofensiva del enemigo a gran escala con divisiones de elite. Cada semana confesaba su extrañeza porque no los hubieran aniquilado antes de enero. La resistencia llegó a límites desesperados cuando el primer pelotón resultó alcanzado por una granada, digo una zambullida de Barral. La solidaridad de Pedrerol fue el único apoyo externo durante días.

A un lado su imponente aspecto de Marlon Brando ejerciendo de coronel Kurtz, Abelardo quizá no tenga tanto de comandante de Rangers como de mago del ilusionismo. Discuten ya los analistas tras el celebrado bautismo en Primera si no le sobrará al Pitu ese barniz clementiano de centrocampismo huidizo, que oculta una primera capa de influencia cruyfista como un cuadro de Velázquez sin restaurar. Además de una batalla heroica, la segunda temporada de Abelardismo también se podía haber rodado como un biopic de David Copperfield (el de Dickens no, el otro), y hasta del mismo Houdini. En el número que les presentamos a continuación, a nuestro hombre lo cargan de cadenas por impago de fichas federativas, refuerzos frustrados, juveniles de tercer año, presidentes invisibles como el capitán de la Easy en Bastogne y accionistas del Sevilla infiltrados en nuestra Plana Mayor. Se deja encerrar en un contenedor de Tebas, que un camión grúa de El Roxu depositará en el fondo de la dársena frente a lo que fue la rula.
(Suena el tema central de Piratas del Caribe XIV)
Al mago le van complicando el desafío reforzando la plantilla con dos defensas suplentes. Él mismo se había pedido a Halilovic para luego surtirlo de balonazos aéreos en un plus de emoción. A mitad del número, alguien grita desde una esquina de Chamartín que al escapista le han pegado cinco tiros y una patada en el culo a Nacho Cases de propina. Todo de diseño. Con caras de abatimiento se congregan los parroquianos en el Muelle cuando la grúa vuelve a izar el contenedor, al cabo de una angustiosa espera. El cañón de luz de una patrullera de la Guardia Civil (verdiblanca, por supuesto) apunta entonces al murete de la cuesta del Cholo y con un redoble de tambor ilumina una bronceada e inconfundible calva: ¡allí está David Abelardo Copperfield, saludando como si nada! Iñaki Tejada acaba de entrar al Planeta a pedir otra de sidra y el que come pipes al lao ye Gerardo Ruiz.

En los flecos de la segunda gesta del Pitu y los Pitinos también cabe el género de la comedia. Juan Eduardo Esnáider podría sustituir a Herbert Lom en el papel de inspector Dreyfus de la saga de La Pantera Rosa. Está la escena en la que le ponen una camisa de fuerza y lo internan en la celda acolchada del manicomio con un cuadro de tics convulsos, después de haber visto 632 veces repetido el remate al palo de Baptistao. Están las firmas del IBEX 35 con sus 891 filiales operando en territorios opacos, la misma semana en que un escándalo sin precedentes en España se monta cuando Marcelino el de Careñes se manifiesta por sorpresa a favor de la permanencia del Sporting, y se desentiende por completo de la del Aston Villa.

Y está ese final majestuoso con el que unos pocos soñábamos meses atrás, viendo llorar sin consuelo sobre los pectorales de Bernardo al sector más cenizo del sportinguismo. Barruntaban otra despedida prematura de Primera entre chistes lacerantes de carnets de puntos y no sé qué de Matías Prats. Jorge Meré se disfraza de Gregory Peck y acude al alba a casa de Charlton Heston para darle una satisfacción, antes de abandonar el rancho de los Terrill. Para sorpresa del fornido capataz, que se creía ante un margarito sin esgrima, se entabla un interminable duelo a puñetazos en la grandiosidad del Big Country, hasta que se les hace de noche, diecinueve jornadas después. Los dos contendientes, exhaustos, apenas pueden arrastrarse por el suelo cuando Heston, que en realidad se parece mucho a Pedro León, confiesa en un arranque de sinceridad postrera:

-He de reconocer, Mckay, que tarda un infierno de tiempo en despedirse.

Miguel Mingotes y Maxi Rodríguez mandan bajar el telón, antes de que toda la Junta Municipal de Portavoces irrumpa en el escenario con alborozo y banderas de campaña. Ovación cerrada y sonora salva de vítores en una abarrotada platea. Se oyen gritos de “musho Betis”, las lágrimas afloran y un atronador “directiva, dimisión” retumba en el gallinero.

 

 

Una camiseta naranja, en Bravo Murillo

No recuerdo quién me puso el apodo de Johan, pero sí que yo era un tierno novato recién llegado a la Universitaria madrileña, a mediados de los setenta. El consejo de veteranos resabiados del Alcalá me bautizó así al poco de adoptarme como instigador de interminables polémicas sobre fútbol, cuando a los madridistas tratabas de convencerles de que Quini era mucho mejor que Santillana, y a los culés no les cabía en la cabeza que el Barça rutilante de Montal se quedara tan lejos de aquella máquina de jugar al fútbol que conocimos años atrás por televisión, viendo al Ajax de Cruyff.

Los primeros ahorros que sisé de aquellos giros postales que me llegaban desde Gijón, que apenas cundían hasta fin de mes, acabaron en una tienda de Bravo Murillo, donde resplandecía en el escaparate la camiseta naranja de la selección holandesa, campeona de subcampeones, con sus tres bandas negras sobre las mangas. Era como un fetiche entonces y la conservo, descolorida por mil centrifugados, como una especie de reliquia.

Seguí siendo Johan para los amigos mucho tiempo después, y puede que aún lo sea para gente que conocí aquellos maravillosos años, y con la que no volveré a cruzarme en la vida. Hasta que hoy me sorprendí a mi mismo rompiendo a llorar delante del televisor. Tratando de poner en orden el aluvión de recuerdos inolvidables ligados a aquel tipo del dorsal 14 que te enseñaba a disfrutar del fútbol sin tener que pasarte los partidos comiéndote las uñas ni mirando al marcador de reojo.

A la memoria de Johan Cruyff
24 de marzo de 2016