Hay un agente del Mossad en mi fabada

Hay que abrazarse al sectarismo para sentirse alentado a denunciar la opresión de según qué Estados genocidas haya en el mundo, dependiendo de si los que oprimen son de los nuestros o no. Y más aún para alinearse con los de la trinchera de enfrente, los que se pasan la vida reservándose el derecho estatutario a repartir licencias de condenar.

No tuvo mucho seguimiento la convocatoria de los colectivos pro Palestina contra la estancia de la selección israelí de fútbol en Gijón, y eso que el despliegue policial y de seguridad en torno al partido de El Molinón llevaba a temer por la presunta activación de alguna célula durmiente de fedayines de Septiembre Negro, reorganizados en pisos francos en Contrueces o en el alto Pumarín. Protestar, no protestaron ni los parroquianos de la apacible Quintueles, tras días bajo vigilancia y zumbido de rotor del helicóptero de la Guardia Civil; con la rutina alterada y cruzando apuestas sobre si los forasteros esos que entraron a probar la majestuosa fabada de casa Nicasia serían espías de Chicote o agentes del Mossad.

Y eso que en los medios de comunicación -¡ah, los medios de comunicación!- con sus inefables jefaturas de edición urdiendo en las redacciones centrales, se difundió la imagen de Gijón y su asilvestrado Ayuntamiento como epicentro de una próxima intifada, no me acuerdo del número. En La Sexta salió antes del partido en riguroso directo un reportero mostrando los parterres de la plaza del Parchís como inspirado por una crónica vía satélite de Pérez Reverte desde el cerco de Sarajevo.

La calma restablecida se mezcla hoy con el inconfundible aroma de la revancha, cuando una tropa de entusiastas pro judíos -que Israel guardaba al parecer en Gijón desde el Sefarad- alimentada por sermoneadores de regional preferente se emplea a fondo atizando a los promotores de la tarjeta roja a la política israelí, como si en España no hubiera una Constitución en vigor que ampara la libertad de expresión de los españoles y su derecho a manifestarse pacíficamente en las calles. O en eso habíamos quedado.

Detesto las campañas de denuncia selectivas. A los comités solidarios con la causa árabe les cambio su tarjeta roja a Israel por una que guardo para cuando coincida con alguna estancia en Marbella de la realeza saudí, el Estado más opresor y filoterrorista del planeta, al dictado de eso que toda la vida se comprometió la izquierda a desligar de la política y la vida pública, que era la religión.

Y detesto más si cabe a los repartidores de licencias de condenar, vendedores del odio al diferente, capaces de predicar y hasta de creerse que una ciudad se desacredita y pierde prestigio ante el mundo civilizado porque unos cientos de personas se manifiesten en la calle contra un regimen político aficionado a ciscarse en las resoluciones de Naciones Unidas desde el mismo año de su fundación.

También decían que se desacreditaba Olof Palme, y que era un gilipollas por salir con la hucha a la calle, a pedir por la democracia.

Sé lo que hicisteis…

Muy bien, el periodismo está en crisis y la información deportiva apesta. Aunque para formular una sonora queja al respecto hay ámbitos más apropiados que la sala de prensa del estadio, donde la pedrada se la lleva además el currito, el blanco fácil, el soldado raso. Con los mariscales del tinglado mediático, los que han convertido los foros de la actualidad en un circo de chismosos, legos y bufanderos, hay colegueo, risas, abrazotes y buen rollito. O no hay lo que tiene que haber para empeñarse en el cuerpo a cuerpo contra los impresentables. Contra los grandes.
Con aterciopeladas maneras y un punto de complicidad bendijo la prensa deportiva gijonesa, el pasado verano, un capítulo tan infausto de la historia del Sporting como meritorios habían sido los inmediatos anteriores, traducidos éstos en un ascenso a Primera División y una permanencia logrados en condiciones de dificultad extrema. El pago por esas dos hazañas fue el desmantelamiento de la plantilla de jugadores que las había hecho posibles; la destrucción de un proyecto de futuro, de una idea de club, de una ilusión colectiva, mediante un compendio de caprichos y errores de gestión, ingratitudes, desmedidos egos e incompetencia manifiesta.
No debería haber mucha queja de los periodistas que entonces se limitaron a dejar constancia del estropicio con asepsia -o, como el grueso de la afición, lo jalearon con complicidad- y que unos meses después, despertados todos del sueño del abelardismo con una pesadilla, todavía no le han puesto título a la película.
‘Sé lo que hicisteis el último verano’.

 

Facebook. Noviembre de 2016.

El capataz de los Terrill se parece a Pedro León

Si el fútbol nos siguiera gustando más que su propio envoltorio, el gol de Sergio Álvarez estaría aún en órbita sobre la Tierra viajando en algún satélite de telecomunicaciones, con George Clooney vestido de astronauta. Además de una metáfora, ese empalme de alta escuela con carambola a tres bandas (madera-hierba-red) en la portería del Piles era el final soñado de Abelardismo II, que como algunos críticos pronosticaron acabaría superando en popularidad a la primera, en la línea de Toy Story o El Padrino. En las portadas para la Historia sale el Pitu manteado en El Molinón, por dos razones de peso: porque tenemos una nómina de fotoperiodistas con categoría de Champions League y porque la nómina de editores tiende a satisfacer el nuevo epicureísmo balompédico de las hinchadas, a las que ya no llena tanto la contemplación de un gol de bandera y peana como el indescriptible placer de buscar luego una farola para subirse a celebrarlo.

No nos gusta el fútbol tanto como la guerra, a la que el fútbol da continuidad por otros medios, según habíamos quedado. Cuando Cuéllar inició la cuenta atrás de la temporada proclamando que “somos como William Wallace, poquitos contra muchos”, al tupé del Pichu lo iluminaba ese aura de epopeya friki que tanta inspiración brinda en la sala de montaje de Los Manolos, donde un video de fútbol se edita intercalando los mejores momentos de Mel Gibson y los de Arbeloa, y pegándole la banda sonora de Piratas del Caribe para emocionar más. Hay como una épica guerrera por la que todos los finales de temporada te convocan a la lucha (batalla sin cesar, etcétera) entre banderas como sábanas, bufandas y blasones; con llamadas a la gloria, emociones al peso y frases prestadas de Paulo Coelho.

Nada de William Wallace ni de Bravehart, ni eso tan socorrido de sacar a pasear a Leónidas y sus 300, que al fin y al cabo palmaron en casa en la prórroga por querer aguantar un cerrojo en inferioridad. Si Tino Pertierra escribió hace un año que el Sporting de Abelardo era un equipo de película que pedía a gritos una de Spielberg, esta segunda temporada bien podría inspirarse en Hermanos de Sangre. Por si queríais guerra.

La compañía Easy de la 101ª Aerotransportada aguanta el cerco en Bastogne y cava trincheras en el bosque nevado, ante un enemigo bien pertrechado y muy superior en número. Mal equipados, sin abrigo y escasos de munición, los paracaidistas soportan un asedio combinado de Messis, Cristianos y Neymares acorazados, y hasta una sección entera de Orellanas jugando entre líneas. Se repliegan los sitiados bajo un intenso fuego enemigo y cuando recuperan la posición, alguien informa de que Clos Gómez se ha cagado en su pozo de tirador. El mayor Richard Winters, al mando del Segundo Batallón de la legendaria 101ª, no era ni la mitad de intrépido que el comandante Abelardo Fernández, quien los viernes solía reunir al ‘pool’ de corresponsales para anunciar al mundo que su escuálida tropilla de reclutas y tiernos reemplazos sin experiencia en combate, sin munición ni víveres, sin refuerzos y con el alto mando esclerotizado por un temporal de fondo (de inversión)… hacía frente a una ofensiva del enemigo a gran escala con divisiones de elite. Cada semana confesaba su extrañeza porque no los hubieran aniquilado antes de enero. La resistencia llegó a límites desesperados cuando el primer pelotón resultó alcanzado por una granada, digo una zambullida de Barral. La solidaridad de Pedrerol fue el único apoyo externo durante días.

A un lado su imponente aspecto de Marlon Brando ejerciendo de coronel Kurtz, Abelardo quizá no tenga tanto de comandante de Rangers como de mago del ilusionismo. Discuten ya los analistas tras el celebrado bautismo en Primera si no le sobrará al Pitu ese barniz clementiano de centrocampismo huidizo, que oculta una primera capa de influencia cruyfista como un cuadro de Velázquez sin restaurar. Además de una batalla heroica, la segunda temporada de Abelardismo también se podía haber rodado como un biopic de David Copperfield (el de Dickens no, el otro), y hasta del mismo Houdini. En el número que les presentamos a continuación, a nuestro hombre lo cargan de cadenas por impago de fichas federativas, refuerzos frustrados, juveniles de tercer año, presidentes invisibles como el capitán de la Easy en Bastogne y accionistas del Sevilla infiltrados en nuestra Plana Mayor. Se deja encerrar en un contenedor de Tebas, que un camión grúa de El Roxu depositará en el fondo de la dársena frente a lo que fue la rula.
(Suena el tema central de Piratas del Caribe XIV)
Al mago le van complicando el desafío reforzando la plantilla con dos defensas suplentes. Él mismo se había pedido a Halilovic para luego surtirlo de balonazos aéreos en un plus de emoción. A mitad del número, alguien grita desde una esquina de Chamartín que al escapista le han pegado cinco tiros y una patada en el culo a Nacho Cases de propina. Todo de diseño. Con caras de abatimiento se congregan los parroquianos en el Muelle cuando la grúa vuelve a izar el contenedor, al cabo de una angustiosa espera. El cañón de luz de una patrullera de la Guardia Civil (verdiblanca, por supuesto) apunta entonces al murete de la cuesta del Cholo y con un redoble de tambor ilumina una bronceada e inconfundible calva: ¡allí está David Abelardo Copperfield, saludando como si nada! Iñaki Tejada acaba de entrar al Planeta a pedir otra de sidra y el que come pipes al lao ye Gerardo Ruiz.

En los flecos de la segunda gesta del Pitu y los Pitinos también cabe el género de la comedia. Juan Eduardo Esnáider podría sustituir a Herbert Lom en el papel de inspector Dreyfus de la saga de La Pantera Rosa. Está la escena en la que le ponen una camisa de fuerza y lo internan en la celda acolchada del manicomio con un cuadro de tics convulsos, después de haber visto 632 veces repetido el remate al palo de Baptistao. Están las firmas del IBEX 35 con sus 891 filiales operando en territorios opacos, la misma semana en que un escándalo sin precedentes en España se monta cuando Marcelino el de Careñes se manifiesta por sorpresa a favor de la permanencia del Sporting, y se desentiende por completo de la del Aston Villa.

Y está ese final majestuoso con el que unos pocos soñábamos meses atrás, viendo llorar sin consuelo sobre los pectorales de Bernardo al sector más cenizo del sportinguismo. Barruntaban otra despedida prematura de Primera entre chistes lacerantes de carnets de puntos y no sé qué de Matías Prats. Jorge Meré se disfraza de Gregory Peck y acude al alba a casa de Charlton Heston para darle una satisfacción, antes de abandonar el rancho de los Terrill. Para sorpresa del fornido capataz, que se creía ante un margarito sin esgrima, se entabla un interminable duelo a puñetazos en la grandiosidad del Big Country, hasta que se les hace de noche, diecinueve jornadas después. Los dos contendientes, exhaustos, apenas pueden arrastrarse por el suelo cuando Heston, que en realidad se parece mucho a Pedro León, confiesa en un arranque de sinceridad postrera:

-He de reconocer, Mckay, que tarda un infierno de tiempo en despedirse.

Miguel Mingotes y Maxi Rodríguez mandan bajar el telón, antes de que toda la Junta Municipal de Portavoces irrumpa en el escenario con alborozo y banderas de campaña. Ovación cerrada y sonora salva de vítores en una abarrotada platea. Se oyen gritos de “musho Betis”, las lágrimas afloran y un atronador “directiva, dimisión” retumba en el gallinero.

 

 

Una camiseta naranja, en Bravo Murillo

No recuerdo quién me puso el apodo de Johan, pero sí que yo era un tierno novato recién llegado a la Universitaria madrileña, a mediados de los setenta. El consejo de veteranos resabiados del Alcalá me bautizó así al poco de adoptarme como instigador de interminables polémicas sobre fútbol, cuando a los madridistas tratabas de convencerles de que Quini era mucho mejor que Santillana, y a los culés no les cabía en la cabeza que el Barça rutilante de Montal se quedara tan lejos de aquella máquina de jugar al fútbol que conocimos años atrás por televisión, viendo al Ajax de Cruyff.

Los primeros ahorros que sisé de aquellos giros postales que me llegaban desde Gijón, que apenas cundían hasta fin de mes, acabaron en una tienda de Bravo Murillo, donde resplandecía en el escaparate la camiseta naranja de la selección holandesa, campeona de subcampeones, con sus tres bandas negras sobre las mangas. Era como un fetiche entonces y la conservo, descolorida por mil centrifugados, como una especie de reliquia.

Seguí siendo Johan para los amigos mucho tiempo después, y puede que aún lo sea para gente que conocí aquellos maravillosos años, y con la que no volveré a cruzarme en la vida. Hasta que hoy me sorprendí a mi mismo rompiendo a llorar delante del televisor. Tratando de poner en orden el aluvión de recuerdos inolvidables ligados a aquel tipo del dorsal 14 que te enseñaba a disfrutar del fútbol sin tener que pasarte los partidos comiéndote las uñas ni mirando al marcador de reojo.

A la memoria de Johan Cruyff
24 de marzo de 2016

Luis Enrique glosa una contra de libro

El día que el mejor entrenador FIFA del año volvía a casa para encontrarse en el banquillo de al lado con su amigo de la infancia, hermano gemelo desde la escuela del barrio hasta la selección nacional absoluta, los deportes del telediario abrieron con un video pescado en Internet en el que Piqué lanza una bomba informativa: “Ahora mismo yo soy español”. La fuente del segundo video del bloque era el teléfono que grabó a unos hooligans del Barça cantando ripios en el avión del equipo contra sus propios jugadores, mercenarios distantes que ni se dignan saludar. Y eso es noticia de alcance a diez mil metros de altitud.

Por alguna facultad de Periodismo o sucedáneo convalidado habrá pasado el editor de una de esas versiones en boga de la variante futbolera de ‘Sálvame’, que horas antes del Sporting-Barça en El Molinón desplazó a dos intrépidos reporteros a las afueras del estadio (al Bernabeu), a preguntar a transeúntes ocasionales si la alineación de Abelardo adulteraba o no la competición. Del abelardismo y sus alineaciones -la titular, la suplente y la mediopensionista- conocerá un transeúnte en la Castellana tantos nombres como Bertín Osborne de la Historia del Pensamiento Universal, pero nunca dejes que la realidad te estropee una rigurosa encuesta de calle. Que no te impida abundar en la conocida tesis del apostolado mourinhano: los entrenadores del Sporting ascienden al equipo a Primera de vez en cuando por el mero placer de alinear a los suplentes contra el Barcelona, para adulterar la competición.

Las buenas prácticas del presidente de la Liga de Fútbol Profesional y su cruzada en favor del equilibrio (los límites salariales, el reparto del pastel de las televisiones, los partidos programados para estimular a las audiencias potenciales en Java y Sumatra, los rutilantes fichajes con fraude incluido a la Hacienda pública, más una colección entera de Burgos Bengoecheas con sus bulas celestiales) chocan con el dichoso afán sportinguista de alfombrarle las diagonales a Messi sacando a los filiales. Fue el resumen de titulares (o de suplentes) del regreso de Luis Enrique a Gijón al frente del mejor equipo del mundo, para el senado de analistas en ese andamiaje de intereses creados que sustenta el fútbol moderno, y que conocemos por periodismo posmoderno. O cualquiera de sus sucedáneos.

En el ámbito de la información deportiva (valga el eufemismo) al posmodernismo mediático no le interesa tanto lo que haga Neymar como lo que diga el padre de Neymar. Luis Enrique consigue poner de los nervios a esa tropa en sus conferencias de prensa, cuando dibuja monosílabos glaciales con su mejor cara de vinagre. El otro día, un reportero anticuado con aviesas intenciones de hablar de fútbol le preguntó sobre la función de Sergi Roberto y la respuesta de Lucho fue el resumen en medio minuto de un tratado de estrategia zonal. No hubo rastro de él en las reseñas de prensa, por supuesto, como no hubo mención alguna a lo más llamativo de su comparecencia tras ganar en El Molinón, cuando les puso a huevo el titular a los rotulistas asilvestrados: “Luis Enrique glosa en Gijón una contra de libro”. Y en el antetítulo: “De cuatro margaritos de Mareo que no dan el nivel para la categoría”.

Tuvo que venir Luis Enrique a hacerle los honores a una contra de libro, rescatándola entre una edulcorada maraña de selfies, autógrafos, himnos y lucecitas blancas, y ese envoltorio de juegos florales en el que sólo se echó en falta alguna recepción en el Ayuntamiento, con la Alcaldesa disfrazada de Pepe Isbert. No dijo nada el mejor entrenador FIFA del año acerca de Jorge Meré, ni siquiera para interesarse por el remendado express de su oreja, y eso tiene dos lecturas: o disimula para ocultar que Meré vestirá de azulgrana más pronto que tarde o puede que aspire de veras a entrenar él al Sporting, para ir supervisando el crecimiento de una gran cosecha de margaritos. Lo insinuó el otro día en Barcelona ante la indiferencia de la tropa mediática, que estaría concentrada especulando sobre el próximo penalti en diferido de la MSN.

-Dos toques, sacudir; tres toques, paja.—recordaba tras la portería de Ezcurdia un alférez de complemento de sus tiempos en El Ferral, gafando a Luis Suárez ante el Pichu Cuéllar.

Si de verdad le está moviendo la silla el mejor entrenador FIFA del año a su vecino de la infancia tendrá que darse prisa; calcarle un sextete de despedida al guardiolismo y volver a casa para quedarse. Como se despiste, a esa generación de las contras de libro ya la habremos malvendido antes a plazos o regalado entera, que Messi sólo hay uno, como Di Stéfano, y no vamos a ir de quijotes.

 

El checo sólo las metía de cabeza

Si el examen que Carlos Castro ha de superar para ser considerado futbolista de Primera División son unas disputas aéreas de balonazos con los centrales del Sevilla, al de Ujo le espera el mismo suspenso que cosecharía Luis Suárez en semejante escenario. Mejor calificación que Neymar (si éste se prestara a la prueba, que seguro que no) la obtuvo Pablo Pérez en el Calderón, cabeceando una media de tres de cada cuatro melonazos que le lanzaron desde su defensa. Alguno que otro, saltando con Godín de pareja de baile. La noche que el Sporting perdió en el descuento en casa del Atlético de Simeone, famoso cultivador de melones y aspirante a disputar otra vez Liga y Champions, se oyó a aficionados gijoneses abandonando las gradas del Manzanares entre reproches a esos canteranos de Mareo, tan blandengues y sobreprotegidos, que no están dando el nivel para la categoría.

Una parte de la parroquia rojiblanca parece vivir el regreso de su equipo a Primera (y la apurada salida del coma financiero) con un cuadro agudo de anhedonia, que es la incapacidad de disfrutar de las cosas agradables de la vida y de experimentar placer. El perfil del paciente con ese síntoma de ansiedad es el sportinguista convencido de que su equipo ascendió en el Villamarín tras conseguir que el Betis se dejara, y de rebote en Montilivi gracias al favor de un amigo Caballero, afectuoso cabeceador. Prescindiendo, en fin, de esa leve fruslería de haber perdido dos partidos de liga en 42 jornadas de competición, sin refuerzos y sumando 82 puntos en Segunda con una plantilla atiborrada de novatos.

La anhedonia es un bloqueo de la capacidad de recompensa ante estímulos habitualmente reforzantes, según algunos sicólogos, que podrían plantearse un estudio de campo (mejor de graderío) para analizar en El Molinón el curioso caso del aficionado que escudriña en las alineaciones de su propio equipo, en busca de futbolistas que no dan el nivel para Primera. Se van turnando nombres cada partido, de modo que un día le toca no dar el nivel a Jony si encara y la pierde, otro a Pérez porque no arriesga encarando, un tercero a Menéndez, que sólo mete goles decisivos con la zurda (¿se acuerdan del checo que sólo los metía de cabeza, el muy calamidad?)… y así sucesivamente hasta llegar a Halilovic, porque aparte de intentar el eslalon a lo Messi o trazar una diagonal como las de Iniesta, el escanciador prestado no se aplica debidamente a la presión en banda, y se nos está acomodando.

Abelardo también muestra síntomas aparentes de anhedonia, meses después de haber dirigido la temporada más meritoria de la historia del Sporting, si entablamos comparación entre el logro y la dificultad para conseguirlo. Son frecuentes sus plegarias de los viernes invocando al milagro de la permanencia, advirtiendo sobre las limitaciones de su plantilla, que las tiene, en efecto, y puede que por fortuna, pues las limitaciones impuestas por la LFP a un club que no le pagaba ni al jardinero están detrás del éxito de la pasada temporada, y de la confluencia en el primer equipo de una generación de jugadores como no vio promocionar Mareo en los últimos 25 años. Desde que el propio Abelardo se peinaba los rizos en el vestuario del que acababa de derribar la puerta de entrada, tras procurarle al legendario Kevin Moran un plan de prejubilación. La planificación deportiva de la temporada del séptimo ascenso la hizo sin querer-queriendo el presidente de la Liga de Fútbol Profesional.

Que el Sporting, incluyendo las tres afortunadas cesiones sin coste (la de Halilovic, impensable de no haber mediado la estrecha relación Abelardo-Luis Enrique) reúne la plantilla de jugadores más prometedora en un cuarto de siglo debería ser la apuesta del club para el futuro, mucho más que una devoción milagrera localizada a la vuelta de junio próximo. Esa apuesta obliga a seguir creyendo en un vestuario hoy probablemente molesto ante el mensaje que se propaga entre el sportinguismo tras cada partido que se pierde: una conjunción de predicadores ciegos y plañideras desmemoriadas, empeñados en que el nivel de Primera aquí lo darán, si acaso, Bernardo y Ndi. Los demás se callan mientras barajamos.

El milagro no es ahora. El milagro habrá sido en 2009, con aquella plantilla que salvó la categoría con un cóctel de convencimiento y chiripa, el primer año de Preciado tras el anterior ascenso. El mismo convencimiento que ahora se requiere para mantener el rumbo y emplazar a la renovada planta noble, que es el departamento todavía pendiente de demostrar que da el nivel para Primera. El examen de aptitud es a la vuelta de las navidades y en el cuestionario no habrá balonazos en largo. Será un ejercicio práctico sobre decisiones estratégicas de futuro; pongamos que el placer de renovar futbolistas que terminan contrato en junio de 2016 y en años sucesivos.

Evocadora de nombres como Javi Fuego o Diego Castro, o como Mario Stanic, que suenan a anhedonia aguda, será una prueba de criterio y discernimiento más allá del trámite de hipotecar ingresos futuros para ponerse al día con Hacienda.

El codillo con kartoffel

La imagen de marca del viaje a Colonia (setiembre de 1985) fue la de Luis Angel Varela, entonces presidente del Grupo Covadonga. El cargo, con ser su principal ocupación conocida, nunca impidió a Varela seguir al Sporting en todas sus salidas a Europa. Para un impenitente viajero como él, conocedor de al menos cinco continentes, aquellos viajes de la UEFA apenas eran pequeñas escapadas relámpago. Varela, rodeado de alguno de sus amigos del gremio periodístico, cenó la víspera del partido de Colonia en una taberna típica alemana. El bar tenía las paredes vestidas de madera, un ambiente perfumado de col en vinagre y camareras rollizas y sonrosadas, que desplazaban embalses de cerveza rubia y montañas de salchichas. Como el resto de celebrantes en su mesa, Varela no sabía una palabra de alemán. Fue allí, sin embargo, donde demostró ser un hombre de recursos. José Antonio Mori, que por entonces no era ingeniero, sólo locutor versátil en Radio Minuto, recordaba de la fiesta de la cerveza en Munich que “kellner” significaba “camarero” en alemán. También la forma de pedir artículos de primera necesidad, como la propia cerveza o las socorridas salchichas con patatas fritas.

-¡Kellner, kellner!, citó de lejos Varela al camarero, por encima del animado ronroneo de la concurrencia.

Al tercer aviso, el kellner compareció con mandil folklórico, libretín y bolígrafo, y se dispuso a oír a Luis Angel pedir la cena en el áspero idioma de Goethe. La delegación asturiana sabía la forma de llamar al camarero, de pedirle salchichas, cerveza y patatas fritas, y hasta recordaba que fräulein María llamaba ‘apfelstrudel’ al pastel de manzana, en la versión original. Así que el postre también estaba asegurado, ¿pero cómo diantre se pedían aquellos apetitosos codillos de cerdo que cruzaban la taberna de punta a cabo, y que debían de estar de rechupete?

Varela tomó la iniciativa y se consagró como portavoz. Reclamó la atención del camarero, contó el número de comensales, le mostró su abundante codo izquierdo y, cuando el kellner ya tomaba nota con una risa contenida, el orondo cliente completó su pedido.

-Y con mucho kartoffel-, advirtió, reclamando la montaña de patatas fritas de guarnición.

El “pool” de periodistas cenó codillo con chocrout y tuvo aquella noche ataques de risa y gases. El grupo había acogido a la esposa de Zurdi, alejada de su flamante marido por la férrea disciplina de Novoa y obligada a alojarse en un hotel distinto al de la expedición oficial, junto a la prensa y algunas consortes. Así que estaba la señora de Zurdi, no así Antonio Otero. En Colonia, el enviado especial de La Nueva España se convirtió en un fantasma huidizo que desaparecía entre las sombras, al primer descuido, a orillas del Rhin. El “pool” llegó a pensar de él lo peor. Tal vez guardaba una gran exclusiva o tenía un asuntillo en Dusseldorf; hasta que una tarde fue visto en animada charla con Christopher Daum. El tal Daum, hoy entrenador del Bayer Leverkusen, era en 1985 el segundo técnico del Colonia. Otero había entablado conversación con él durante un entrenamiento del equipo alemán, a pesar de los escandalosos pantalones a cuadros de colorines que el tipo exhibía, muy en la línea de su país, tan impecable en el modo de vestir.

Colonia fue el viaje de la abundancia. Las cabinas de radio del ‘Mungersdorfer Stadion’ tenían el tamaño de salones acristalados, atendidos por azafatas que ofrecían café y pastas en el descanso. Ya en la víspera, la rueda de prensa con el entrenador y los directivos alemanes se había desarrollado en torno a un informal almuerzo. A la vez que tomabas notas y preguntabas por Littbarski tenías que comerte un emparedado de chuleta de Sajonia. Aquella gente estaba obsesionada con alimentar al rival.
¿El partido? ¡Ah, el partido! Acabó con empate a cero por culpa de Ablanedo, que vivió su noche de consagración, en la línea iniciada la temporada anterior. El de Colonia quedó inscrito en el libro del Sporting como el partido en que Ablanedo paró todo lo que le tiraron y, al final, aún parecía dispuesto a seguir parando más. Frente a él, en la otra portería, estaba el viejo ogro Schumacher.

El viaje de regreso a Gijón fue una excitante demostración de que la distancia más corta entre dos puntos no siempre es la línea recta. Había huelga de controladores franceses –uno no es realmente un hombre de mundo si nunca ha sido víctima de una huelga de controladores franceses- y toda la expedición gijonesa, incluidos los codillos de Varela, fue desviada a Frankfurt en autobús. Allí se enteró Rufino Fonseca, otro de los clásicos acompañantes del Eurosporting, de que su querida Ciudad de México había sido sacudida por un gran terremoto.

En el partido de vuelta el Sporting se adelantó con un madrugador cabezazo de Mino. José Antonio Mori lo describió en Radio Minuto acuñando un nuevo término: “La defensa hizo la visión”. Los alemanes remontaron luego con dos goles, y al equipo de Littbarski se le acabaría escapando aquella copa de la UEFA en la final. La ganó el Real Madrid, con Maceda y la “quinta del Buitre”. Aunque al enviado especial Antonio Otero llegaron a acusarlo en Gijón de ser un espía alemán, alguien que pasaba las tácticas de Novoa a Christopher Daum, con el tiempo se comprobaría que a Otero, en realidad, el amigo Daum le importaba un comino, no así su señora.
Una de las mayores decepciones por la victoria del Colonia en El Molinón se la llevó Luis Angel Varela, quien, por si el bombo de Ginebra lo hubiera hecho menester, ya había aprendido a decir “camarero” en danés. En recuerdo del codillo de Colonia y del apodo de Rinaldi –el enésimo ariete fallido que fichaba el Sporting- le quedó al presidente del Grupo (al de entonces, claro) el apelativo de Chancha Varela. Aquellos sí que eran tiempos.

La Nueva España
De la serie ‘Los 20 años de oro del Sporting’
Abril de 1998