El capataz de los Terrill se parece a Pedro León

Si el fútbol nos siguiera gustando más que su propio envoltorio, el gol de Sergio Álvarez estaría aún en órbita sobre la Tierra viajando en algún satélite de telecomunicaciones, con George Clooney vestido de astronauta. Además de una metáfora, ese empalme de alta escuela con carambola a tres bandas (madera-hierba-red) en la portería del Piles era el final soñado de Abelardismo II, que como algunos críticos pronosticaron acabaría superando en popularidad a la primera, en la línea de Toy Story o El Padrino. En las portadas para la Historia sale el Pitu manteado en El Molinón, por dos razones de peso: porque tenemos una nómina de fotoperiodistas con categoría de Champions League y porque la nómina de editores tiende a satisfacer el nuevo epicureísmo balompédico de las hinchadas, a las que ya no llena tanto la contemplación de un gol de bandera y peana como el indescriptible placer de buscar luego una farola para subirse a celebrarlo.

No nos gusta el fútbol tanto como la guerra, a la que el fútbol da continuidad por otros medios, según habíamos quedado. Cuando Cuéllar inició la cuenta atrás de la temporada proclamando que “somos como William Wallace, poquitos contra muchos”, al tupé del Pichu lo iluminaba ese aura de epopeya friki que tanta inspiración brinda en la sala de montaje de Los Manolos, donde un video de fútbol se edita intercalando los mejores momentos de Mel Gibson y los de Arbeloa, y pegándole la banda sonora de Piratas del Caribe para emocionar más. Hay como una épica guerrera por la que todos los finales de temporada te convocan a la lucha (batalla sin cesar, etcétera) entre banderas como sábanas, bufandas y blasones; con llamadas a la gloria, emociones al peso y frases prestadas de Paulo Coelho.

Nada de William Wallace ni de Bravehart, ni eso tan socorrido de sacar a pasear a Leónidas y sus 300, que al fin y al cabo palmaron en casa en la prórroga por querer aguantar un cerrojo en inferioridad. Si Tino Pertierra escribió hace un año que el Sporting de Abelardo era un equipo de película que pedía a gritos una de Spielberg, esta segunda temporada bien podría inspirarse en Hermanos de Sangre. Por si queríais guerra.

La compañía Easy de la 101ª Aerotransportada aguanta el cerco en Bastogne y cava trincheras en el bosque nevado, ante un enemigo bien pertrechado y muy superior en número. Mal equipados, sin abrigo y escasos de munición, los paracaidistas soportan un asedio combinado de Messis, Cristianos y Neymares acorazados, y hasta una sección entera de Orellanas jugando entre líneas. Se repliegan los sitiados bajo un intenso fuego enemigo y cuando recuperan la posición, alguien informa de que Clos Gómez se ha cagado en su pozo de tirador. El mayor Richard Winters, al mando del Segundo Batallón de la legendaria 101ª, no era ni la mitad de intrépido que el comandante Abelardo Fernández, quien los viernes solía reunir al ‘pool’ de corresponsales para anunciar al mundo que su escuálida tropilla de reclutas y tiernos reemplazos sin experiencia en combate, sin munición ni víveres, sin refuerzos y con el alto mando esclerotizado por un temporal de fondo (de inversión)… hacía frente a una ofensiva del enemigo a gran escala con divisiones de elite. Cada semana confesaba su extrañeza porque no los hubieran aniquilado antes de enero. La resistencia llegó a límites desesperados cuando el primer pelotón resultó alcanzado por una granada, digo una zambullida de Barral. La solidaridad de Pedrerol fue el único apoyo externo durante días.

A un lado su imponente aspecto de Marlon Brando ejerciendo de coronel Kurtz, Abelardo quizá no tenga tanto de comandante de Rangers como de mago del ilusionismo. Discuten ya los analistas tras el celebrado bautismo en Primera si no le sobrará al Pitu ese barniz clementiano de centrocampismo huidizo, que oculta una primera capa de influencia cruyfista como un cuadro de Velázquez sin restaurar. Además de una batalla heroica, la segunda temporada de Abelardismo también se podía haber rodado como un biopic de David Copperfield (el de Dickens no, el otro), y hasta del mismo Houdini. En el número que les presentamos a continuación, a nuestro hombre lo cargan de cadenas por impago de fichas federativas, refuerzos frustrados, juveniles de tercer año, presidentes invisibles como el capitán de la Easy en Bastogne y accionistas del Sevilla infiltrados en nuestra Plana Mayor. Se deja encerrar en un contenedor de Tebas, que un camión grúa de El Roxu depositará en el fondo de la dársena frente a lo que fue la rula.
(Suena el tema central de Piratas del Caribe XIV)
Al mago le van complicando el desafío reforzando la plantilla con dos defensas suplentes. Él mismo se había pedido a Halilovic para luego surtirlo de balonazos aéreos en un plus de emoción. A mitad del número, alguien grita desde una esquina de Chamartín que al escapista le han pegado cinco tiros y una patada en el culo a Nacho Cases de propina. Todo de diseño. Con caras de abatimiento se congregan los parroquianos en el Muelle cuando la grúa vuelve a izar el contenedor, al cabo de una angustiosa espera. El cañón de luz de una patrullera de la Guardia Civil (verdiblanca, por supuesto) apunta entonces al murete de la cuesta del Cholo y con un redoble de tambor ilumina una bronceada e inconfundible calva: ¡allí está David Abelardo Copperfield, saludando como si nada! Iñaki Tejada acaba de entrar al Planeta a pedir otra de sidra y el que come pipes al lao ye Gerardo Ruiz.

En los flecos de la segunda gesta del Pitu y los Pitinos también cabe el género de la comedia. Juan Eduardo Esnáider podría sustituir a Herbert Lom en el papel de inspector Dreyfus de la saga de La Pantera Rosa. Está la escena en la que le ponen una camisa de fuerza y lo internan en la celda acolchada del manicomio con un cuadro de tics convulsos, después de haber visto 632 veces repetido el remate al palo de Baptistao. Están las firmas del IBEX 35 con sus 891 filiales operando en territorios opacos, la misma semana en que un escándalo sin precedentes en España se monta cuando Marcelino el de Careñes se manifiesta por sorpresa a favor de la permanencia del Sporting, y se desentiende por completo de la del Aston Villa.

Y está ese final majestuoso con el que unos pocos soñábamos meses atrás, viendo llorar sin consuelo sobre los pectorales de Bernardo al sector más cenizo del sportinguismo. Barruntaban otra despedida prematura de Primera entre chistes lacerantes de carnets de puntos y no sé qué de Matías Prats. Jorge Meré se disfraza de Gregory Peck y acude al alba a casa de Charlton Heston para darle una satisfacción, antes de abandonar el rancho de los Terrill. Para sorpresa del fornido capataz, que se creía ante un margarito sin esgrima, se entabla un interminable duelo a puñetazos en la grandiosidad del Big Country, hasta que se les hace de noche, diecinueve jornadas después. Los dos contendientes, exhaustos, apenas pueden arrastrarse por el suelo cuando Heston, que en realidad se parece mucho a Pedro León, confiesa en un arranque de sinceridad postrera:

-He de reconocer, Mckay, que tarda un infierno de tiempo en despedirse.

Miguel Mingotes y Maxi Rodríguez mandan bajar el telón, antes de que toda la Junta Municipal de Portavoces irrumpa en el escenario con alborozo y banderas de campaña. Ovación cerrada y sonora salva de vítores en una abarrotada platea. Se oyen gritos de “musho Betis”, las lágrimas afloran y un atronador “directiva, dimisión” retumba en el gallinero.

 

 

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