Hay un agente del Mossad en mi fabada

Hay que abrazarse al sectarismo para sentirse alentado a denunciar la opresión de según qué Estados genocidas haya en el mundo, dependiendo de si los que oprimen son de los nuestros o no. Y más aún para alinearse con los de la trinchera de enfrente, los que se pasan la vida reservándose el derecho estatutario a repartir licencias de condenar.

No tuvo mucho seguimiento la convocatoria de los colectivos pro Palestina contra la estancia de la selección israelí de fútbol en Gijón, y eso que el despliegue policial y de seguridad en torno al partido de El Molinón llevaba a temer por la presunta activación de alguna célula durmiente de fedayines de Septiembre Negro, reorganizados en pisos francos en Contrueces o en el alto Pumarín. Protestar, no protestaron ni los parroquianos de la apacible Quintueles, tras días bajo vigilancia y zumbido de rotor del helicóptero de la Guardia Civil; con la rutina alterada y cruzando apuestas sobre si los forasteros esos que entraron a probar la majestuosa fabada de casa Nicasia serían espías de Chicote o agentes del Mossad.

Y eso que en los medios de comunicación -¡ah, los medios de comunicación!- con sus inefables jefaturas de edición urdiendo en las redacciones centrales, se difundió la imagen de Gijón y su asilvestrado Ayuntamiento como epicentro de una próxima intifada, no me acuerdo del número. En La Sexta salió antes del partido en riguroso directo un reportero mostrando los parterres de la plaza del Parchís como inspirado por una crónica vía satélite de Pérez Reverte desde el cerco de Sarajevo.

La calma restablecida se mezcla hoy con el inconfundible aroma de la revancha, cuando una tropa de entusiastas pro judíos -que Israel guardaba al parecer en Gijón desde el Sefarad- alimentada por sermoneadores de regional preferente se emplea a fondo atizando a los promotores de la tarjeta roja a la política israelí, como si en España no hubiera una Constitución en vigor que ampara la libertad de expresión de los españoles y su derecho a manifestarse pacíficamente en las calles. O en eso habíamos quedado.

Detesto las campañas de denuncia selectivas. A los comités solidarios con la causa árabe les cambio su tarjeta roja a Israel por una que guardo para cuando coincida con alguna estancia en Marbella de la realeza saudí, el Estado más opresor y filoterrorista del planeta, al dictado de eso que toda la vida se comprometió la izquierda a desligar de la política y la vida pública, que era la religión.

Y detesto más si cabe a los repartidores de licencias de condenar, vendedores del odio al diferente, capaces de predicar y hasta de creerse que una ciudad se desacredita y pierde prestigio ante el mundo civilizado porque unos cientos de personas se manifiesten en la calle contra un regimen político aficionado a ciscarse en las resoluciones de Naciones Unidas desde el mismo año de su fundación.

También decían que se desacreditaba Olof Palme, y que era un gilipollas por salir con la hucha a la calle, a pedir por la democracia.

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