Buenos recuerdos, entre consulta y consulta de trauma

Un don que no tiene Nacho Cases es el de la oportunidad. Más allá de cuando eligió París para desconectar en familia el mismo fin de semana que unos fanáticos para asesinar infieles, se encamina el gijonés hacia la treintena -edad fronteriza por tradición, de fuente impacto sicológico- y su carrera discurre apacible y hogareña, sí, pero bajo amenaza permanente de un adverso ecosistema.

Y eso que desde su llegada al primer equipo del Sporting (tardía, como en tantas otras canteras donde se trabaja mucho el cartón piedra) gobernó el mundo España con una orquesta de violinistas pequeños y talentosos. Ganó la Selección un mundial, dos eurocopas y la admiración de entrenadores foráneos; todo el espectro de técnicos y estrategas menos el ala más irreductible del mourinhismo. Allá afuera predicaba Joachim Low el evangelio según Luis Aragonés (y acabaría subiéndose él mismo con Alemania a lo más alto del pódium) mientras aquí en casa abrazaban algunos el austero calvinismo cholista como la nueva religión dominante, y otros se declaraban hinchas acérrimos de Portugal.

¿A qué jugaba el Sporting, entre tanto? A lo que tantos otros equipos con entrenadores -españoles o importados- que más allá de los éxitos de la Roja (el tiqui-taca y aquellas pamplinas) vieron siempre en Xavi Hernández, Iniesta o Silva a extraterrestres, como sacados de una fantasía de Spielberg. Venidos de algún planeta lejano y avanzado, gobernado ya por la inteligencia artificial.

Así pasan los años y las temporadas de competición, con tantos jugadores de frágil apariencia, nacidos para manejar el balón con propiedad, pero que están llamados sobre todo a correr, o bien a parapetarse en torno al círculo central para unas maniobras de combate con mochila de campaña y frente a pivotes feroces y musculosos, con apariencia de armarios de Ikea. El dichoso balón ese que a tantos mariscales de campo estorba no acaba de circular por el pasto, como pedía antes Di Stéfano invocando el ciclo vacuno, sino que lo sobrevuela mayormente, igual que un dron programado entre áreas o cualquier otro trasto espacial en órbita. Lo que toda la vida se llamó patadón y tira palante, vamos, hasta que los juglares del modernismo narrativo empezaron a echarle azuquítar al vocerío y a gritarnos el rollo ese del juego directo; a graznar despejes orientados y a rebautizar los antiguos rechaces como segundas jugadas. Una piadosa manera de llamar a ese fútbol que hasta en Italia empiezan a no jugar, pues algún día había que decidirse a salir de la trinchera o del Cuaternario, leerse de un tirón la autobiografía de Cruyff y hacer luego un comentario de texto.

Cuando Nacho Cases se retire del fútbol tal vez tenga una depresión, como aquella de Grace Kelly al final de Crimen Perfecto. Igual acepta también el trago de whisky mientras cuenta los kilómetros que habrá corrido persiguiendo centrocampistas rivales, que siempre eran superiores en número, como los japoneses en Guadalcanal. También podrá resumir que los grandes momentos de su carrera se condensan en tres capítulos igual de memorables. Estará aquella segunda vuelta en Primera con Preciado (que es la madre de todas las remontadas del sportinguismo, ex aequo con la de Ciriaco hacia la UEFA), y estarán los emocionantes números de magia y fantasía de la más reciente era del Abelardismo, que se hizo epopeya ascendiendo y quedándose, y acabó un verano en alarma de catástrofe por implosión.

Aún queda tiempo para algún otro apéndice que saque la memoria a flote entre ese poso de frustración discreta que los buenos peloteros del centro del campo sienten, cada vez que el balón les sobrevuela a patadones entre el portero propio y los defensas rivales, y viceversa. Acaba el partido y corres a la consulta de trauma y te mandan a rayos a hacerte una placa de cervicales, que tienes una contractura de tanto mirar balón.

 

 

Del libro ‘Nacho Cases, la identidad en rojo y blanco’
Mayo de 2017

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